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Su postura no pasa por cambiar el vallenato, sino por dejar claro qué no debería cambiar en él.
Penchy Castro no está tratando de modernizar el vallenato, tampoco de enfrentarse a quienes lo hacen. Su lugar es otro: sostener una forma de entender el género que no se apoya en la nostalgia, sino en el respeto por su estructura.
Su relación con el vallenato no es discursiva. Es práctica. Creció en un entorno donde la música no era una aspiración, sino una presencia constante, y desde ahí entendió que el género no solo se interpreta: se cuida.
“Uno puede hacer canciones nuevas, pero el vallenato no puede perder su forma de contar”, apostilla.
Tradición como criterio, no como discurso
Hoy, cuando el vallenato se abre a nuevas formas de consumo y circulación, su postura no es oponerse, sino marcar un límite. No todo se trata de actualizarse; también hay decisiones que pasan por saber qué conservar. Ahí se define su lugar.
Mientras algunos artistas exploran nuevas rutas, Penchy insiste en una línea donde la tradición no es una referencia lejana, sino una guía activa. Su música no busca reinterpretar el género desde afuera, sino sostenerlo desde adentro, con sus códigos, sus tiempos y su forma de narrar.
“Hay cosas que no necesitan cambiar para seguir funcionando”, dice. No como una negación del presente, sino como una forma de leerlo sin perder perspectiva.
El peso de cantar donde importa
En el Festival de la Leyenda Vallenata, donde el vallenato no se explica, sino que se reconoce, su propuesta no se disfraza: se sostiene. “Ahí la gente sabe qué está escuchando”, comenta. No hay margen para atajos ni para lecturas a medias; es un escenario donde esa postura deja de ser discurso y se convierte en prueba.
Eso se refleja tanto en su interpretación como en su repertorio. Hay una intención clara de mantener la esencia del vallenato más clásico: el protagonismo del acordeón, la estructura narrativa de las canciones y una emocionalidad que no depende de la inmediatez, sino del desarrollo. No hay prisa por simplificar el mensaje.
Su propuesta, en ese sentido, no compite con la modernidad. La observa. Y desde esa distancia, plantea una idea que atraviesa su discurso: el vallenato puede evolucionar, pero no todo en él debería negociarse. Hay una identidad que no se construye desde la tendencia, sino desde la permanencia.
Esa postura también implica un riesgo. Hoy, donde la velocidad, la viralidad y la adaptación constante marcan el ritmo, sostener una línea tradicional puede parecer una apuesta incómoda. Pero en su caso, no se trata de ir en contravía, sino de mantenerse en un lugar que considera necesario.
Porque si algo deja claro su trayectoria es que el vallenato no solo necesita quienes lo empujen hacia adelante. También necesita quienes estén dispuestos a sostenerlo cuando todo lo demás lo empuja a cambiar