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Mientras el género persigue producciones cada vez más limpias, Juan Pablo Navarrete defiende que la música popular colombiana no puede perder la crudeza emocional ni el sonido de cantina que la hizo identidad.

Durante años, la música popular colombiana encontró su fuerza en canciones que no tenían miedo de sonar heridas. Eran canciones atravesadas por el exceso, el despecho y la derrota; himnos nacidos en cantinas donde importaba más la honestidad emocional que la perfección técnica. Juan Pablo Navarrete sigue viendo ahí el corazón del género, incluso ahora que gran parte de la industria parece avanzar hacia otro lugar con producciones impecables, fórmulas pensadas para plataformas digitales y una estética cada vez más distante de la crudeza que alguna vez definió el género.

Con casi dos décadas de trayectoria y haber sido una de las figuras que redefinió el género en su momento, el artista no tacha la evolución natural de la música; es más, años atrás fusionó la base de la música popular y de la norteña en algo que llamó: Sinalombiano. Un ritmo que estuvo tan adelantado a su época que no convenció, pero que ahora muchos lo incluyen. Sin embargo, el bogotano es fiel a la raíz musical con la que creció y deja en evidencia su preocupación ante una modernidad acelerada en la que se pueda desdibujar. 

El popular debe sonar cantina


No lo dice desde la nostalgia automática ni desde esa postura conservadora que rechaza cualquier cambio. Lo suyo se parece más a una advertencia. Navarrete siente que la música popular colombiana atraviesa una transformación donde, en el intento por modernizarse, corre el riesgo de desprenderse de sus códigos más esenciales. Y es algo que va más allá del drama de letras: el requinto.

Y no es para menos. Este instrumento es el que advierte que se viene un tema sentido y, el que inconscientemente deja en claro que es algo “aguardentoso”. Para Juan Pablo el requinto tiene la misma importancia con la que otros artistas hablan de una identidad completa; por lo que su desaparición progresiva no es un simple cambio de arreglos musicales; es la señal de una música que empezó a perder textura emocional. Donde antes había espacio para silencios incómodos, para frases largas y melodías que parecían arrastrar una historia completa, hoy encuentra canciones construidas para generar impacto inmediato.

“La música popular colombiana no puede olvidar cómo suena una cantina”, dice Navarrete. Y la frase no aparece como una consigna nostálgica sino como una declaración estética. Dado que, cuando habla de la cantina no se refiere únicamente a un lugar físico. Habla de una atmósfera. De una manera particular de entender el dolor, la celebración y la masculinidad emocional dentro de la música popular. Habla de canciones hechas para acompañar derrotas reales y no solamente para funcionar dentro de una tendencia.

El requinto como identidad emocional


En un género en el que lo imperfecto pasaba a segundo plano porque la historia era lo más relevante; da la impresión que, ahora, todo es lo contrario. ¿El motivo?, voces cada vez más afinadas, las mezclas son más limpias y las estructuras parecen responder a dinámicas digitales donde todo debe ocurrir rápido. En ese sentido, se podría decir que las canciones perdieron la humanidad que tanto atrapó a los colombianos. Mismas que Navarrete resalta y con las que entendió que más allá de narrar una historia es una identidad. 


Teniendo en cuenta esto, no es de extrañar que Juan Pablo insista en la idea de “verdad”. No como concepto abstracto sino como algo que se escucha. El artista considera que una buena canción popular todavía necesita transmitir desgaste, experiencia y cicatriz. Necesita hacer sentir que quien canta realmente conoce aquello que está diciendo. Por eso desconfía de cierta tendencia contemporánea donde las interpretaciones parecen demasiado controladas, demasiado corregidas, incapaces de dejar espacio para el accidente emocional. 

Algo totalmente entendible si tenemos en cuenta la forma en que la industria consume la música hoy. Las plataformas aceleraron todo. Las canciones, duran menos. Las introducciones desaparecen y muchas producciones están diseñadas para capturar atención inmediata. Navarrete entiende esa lógica, pero le preocupa que la música popular termine perdiendo paciencia narrativa y deje de construir historias. 

Ahí es donde vuelve la cantina como idea central, puesto que representa precisamente lo contrario a la velocidad digital. Es decir; el tiempo largo de una conversación rota, de una botella compartida, de alguien cantando una canción hasta destruirse un poco en ella. Para Navarrete, gran parte de la fuerza histórica del género estaba en esa relación íntima con la vida cotidiana y con emociones que no necesitaban simplificarse para ser entendidas.

Evolucionar sin dar la espalda

No es una postura ligera, ni estigmatizada. Hay algo generacional en ella. Juan Pablo Navarrete pertenece a una tradición de artistas que crecieron entendiendo la música popular como una experiencia profundamente emocional y narrativa. Una música donde la interpretación importaba tanto como la composición y donde la identidad sonora de una agrupación se construía lentamente, no solamente a través de tendencias pasajeras. Por eso habla del presente con una mezcla extraña de preocupación y resistencia; no porque quiera detener la evolución del género, sino porque teme que esa evolución termine desconectándolo de su propia historia. 

Sin embargo, tampoco cae en el discurso fácil de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Reconoce que la música popular actual tiene nuevas audiencias, nuevos lenguajes y otras maneras de circular. Entiende que las generaciones jóvenes escuchan distinto y consumen distinto. Lo que le interesa discutir no es el cambio en sí mismo, sino qué cosas se sacrifican en nombre de esa modernización. Qué elementos dejan de existir cuando el género empieza a perseguir únicamente inmediatez y viralidad.

Con una trayectoria palpable y un renacer para las nuevas generaciones con ‘Guaro Remix’, Juan Pablo sabe de lo que habla, porque vivió el transito de la cantina a las plataformas y de las evoluciones que no dejaban de lado la raíz. Incluso su participación en “los avengers del popular”, se dio luego de tener la idea de retirarse, pero Pipe Bueno lo convenció con la producción más ambiciosa del género, misma que tuvo a la tan imponente Tripleta del despecho y a la segunda ola del popular. Hoy se habla de una tercera generación que cada vez suena más extranjera y que poco a poco se aleja de la esencia de la cantina. 

Al profundizar en ello, Navarrete habla de la música popular como si estuviera describiendo un archivo emocional colombiano que todavía necesita protegerse. Un archivo hecho de voces quebradas, de letras excesivas, de instrumentos que no buscaban perfección matemática sino intensidad emocional. 

Y quizá por eso insiste tanto en el requinto porque en su ausencia escucha algo más profundo y no es otra que, la desaparición lenta de una sensibilidad. Una música que alguna vez supo sonar áspera, vulnerable y profundamente humana, pero que ahora muchas veces parece demasiado preocupada por encajar dentro de estándares de producción globales. 

Para Navarrete, el desafío no consiste en regresar al pasado ni en convertir la música popular en una pieza de museo. El reto está en permitir que el género siga evolucionando sin borrar aquello que lo volvió irrepetible porque al final, cuando habla de cantinas, requintos y canciones imperfectas, en realidad está hablando de memoria. De una música que todavía necesita sonar cercana a la vida real. Incluso cuando esa vida no suena limpia. 

POR: Jenny Ramírez 

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